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UNIVERSIDAD
DE ANTIOQUIA
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En la cuestión acerca
de si debería permitirse clonar hombres, Dieter E. Zimmer ha abogado
porque en esto no nos orientemos por categorías morales como la
libertad y la responsabilidad, sino por la biología (ZEIT Nr. 8/98).
Un debate racional de los problemas de la bioética exige ciertamente
un conocimiento suficiente de las discusiones y hechos pertinentes de las
ciencias naturales. Pero las cuestiones normativas no se pueden tratar
razonablemente sin tener en cuenta puntos de vista normativos.
El mismo Zimmer se vuelve contra
la licitud de la clonación de organismos humanos con la siguiente
argumentación.
La
clonación suspendería la dirección casual de la combinación
de los genes paterno y materno, con lo que se suspendería un mecanismo
natural de variación. Precisamente a este mecanismo le debemos que
hasta ahora los recién nacidos vengan al mundo como ‘únicos’
genéticamente, —con la excepción, despreciable estadísticamente,
de los gemelos univitelinos—. Pero dado que el hombre
—como “ser genérico”— sólo gracias a sus dotes naturales
ampliamente variadas se ha transformado en un “genio de la adaptación”,
llega Zimmer a la siguiente conclusión: “Si los hombres comenzaran
a clonarse irían contra uno de los principios a los que deben su
existencia. Por ello no deben permitírselo”. Pero de esta consideración
sólo se puede sacar una conclusión estrictamente práctica,
si tenemos además en cuenta presupuestos normativos. O considera
Zimmer que nuestra “capacidad de adaptación” propia de la especie
es un valor que merece por sí mismo ser optimizado; o muestra que
la optimización de una tal capacidad también es necesaria
bajo determinadas condiciones de la civilización para la conservación
de la especie, y complementa entonces la constatación empírica
mediante el mandato moral de que estamos obligados a la conservación
de la especie, por tanto a la continuación generativa de la vida
humana. ¿Pero estamos obligados a ello?
Quien quiera comprender a Darwin, debe leer a Kant
La biología no nos puede
dispensar de consideraciones morales. Y la bioética no nos debería
llevar a extravíos biológicos. Por otro lado, los puntos
de vista morales son materia de discusión, y en especial la incorporación
moral de nuevos fenómenos. Esto vale también para el intento
de alcanzar con conceptos kantianos las posibles consecuencias de la clonación
de organismos humanos.
Parto de que los fundamentos
de un orden jurídico igualitario sólo permiten aquellas competencias
de decisión que son compatibles con el respeto recíproco
de igual autonomía de cada uno de los ciudadanos. Así, por
ejemplo, sólo puede ejercer otro disponibilidad limitada sobre mi
fuerza de trabajo temporal y objetivamente, si he dado mi consentimiento
para ello. Ciertamente hay “relaciones especiales de dominio” como entre
padres e hijos. Pero, prescindiendo de que también el dominio de
los padres está restringido jurídicamente, para la cuestión
acerca de si la clonación de humanos intervendría en la simetría
fundamental de las relaciones recíprocas entre personas con derechos,
libres e iguales, basta con considerar la relación entre adultos
o, en sentido jurídico, mayores de edad. La dependencia
del
destino de la socialización es sin duda de otra especie que la del
“destino” genético: la persona que crece puede en todo caso “separarse”
de la casa de los padres y “romper” con sus tradiciones, mientras permanece
sometido a sus genes.
¿Tiene un hombre clonado otra autocomprensión?
La pregunta es, ¿qué
debería cambiar para la autocomprensión moral de una persona
adulta, si no hubiera sido generada naturalmente, sino clonada? Evidentemente
no cambia la dependencia de un programa genético, sino la dependencia
de la fijación de este programa por otra persona. Cuando los padres
se deciden a tener un hijo propio, éste se hace descendiente de
un tejido genealógico intrincado por causa de la combinación,
dirigida por el azar, de los genes de ambas partes.
Zimmer acentúa con derecho
la diferencia entre esta decisión y la de una persona de producir
una copia lo más exacta posible de su código genético.
Esto fundamentaría una especie, hasta ahora desconocida, de relación
interpersonal entre muestra e imagen genética. En efecto, la fijación
intencionada de la sustancia hereditaria significa que para el clon se
perpetúa de por vida un juicio que ha decretado sobre él
otra persona antes de su nacimiento. Si las connotaciones de la metáfora
judicial disgustan, puede decirse con Lutz Wingert que aquí se da
una relación interpersonal semejante a la del diseñador y
su producto.
Sea como sea, surge un problema desde dos posiciones: el de la obscenidad
moral de una duplicación, por autoritarismo y autoenamoramiento,
de la propia disposición genética, del lado del productor;
y del lado del producto, el problema de la intervención en una zona
que, de otra forma, nunca está a disposición de otros.
La persona clonada tendría
sin duda como todos los demás la libertad de comportarse con respecto
a sus capacidades y limitaciones y encontrar desde este punto de partida
respuestas productivas. Pero para él estos “hechos del nacimiento”
no serían ya meras circunstancias casuales, sino el resultado de
una acción intencionada. Lo que para otros es un acontecimiento
contingente, el clon lo puede atribuir a otra persona. La imputabilidad
de la intervención intencionada en una zona de no disponibilidad
constituye la diferencia relevante moral y jurídicamente.
La expresión “no disponible”
sólo debe significar que la intervención de otras personas,
con las que desde el punto de vista normativo somos iguales, está
excluida. Que las condiciones de la formación personal de la identidad
no son disponibles en este sentido, es algo que pertenece evidentemente
a la concepción moderna de la libertad de acción. De otra
forma se pone en cuestión el reconocimiento recíproco de
la misma libertad para todos. El clon sabe que él no sólo
por casualidad sino por principio no puede tomar el mismo tipo de determinaciones
con respecto a su productor que las que pudiera tomar éste con respecto
a él.
Contra esto se puede objetar
que tampoco los niños engendrados por sus padres pueden engendrarlos
a ellos. Pero esta asimetría se refiere esencialmente a la circunstancia
de que el hijo llegue al mundo, es decir, al mero hecho de su existencia;
no tiene nada que ver con la forma y modo como el hijo puede realizar esta
existencia con base en un núcleo heredado de capacidades y propiedades.
Yo no estoy seguro acerca de
la forma como este cambio de perspectivas podría influenciar nuestra
autocomprensión moral. Hasta donde puedo ver, la clonación
de hombres tendría que herir aquella condición de simetría
en la relación entre personas adultas, sobre la que hasta ahora
descansa la idea del respeto recíproco de libertades iguales.
Esta reserva no se extiende,
como lo afirma Zimmer, a cualquier tipo de intervenciones terapéuticas
en el organismo de alguien dependiente que no es consultado, ni siquiera
con respecto a la eliminación preventiva de enfermedades (algo que
nunca está prescrito, sino que sólo podría estar permitido).
Acerca de la justificación normativa de tales intervenciones prenatales
bien descritas sólo veo ciertamente argumentos negativos, en general:
evitar males. Quizá ya esta misma formulación es demasiado
débil, puesto que la definición de los males depende de criterios
culturales que pueden ser muy problemáticos. ¿No hubo ya
épocas en las que “razas inferiores” eran un mal?
No tengo la impresión
de que ya hayamos encontrado las respuestas correctas a las preguntas morales
y jurídicas de la técnica genética y de la medicina
de la reproducción. Pero eso sí: la biología misma
no puede dárnoslas.
Notas
* Título original:
Biologie kennt keine Moral. Nicht die Natur verbietet das Klonen. Wir
müssen selbst entscheiden
en: DIE ZEIT, Nr. 9, febrero 19 de 1998, Hamburg, p. 34
** Autor Jürgen Habermas,
sociólogo y filósofo, es profesor emérito del Seminario
de Filosofía de la
Universidad de Frankfurt desde 1994.
